
Los trastornos de sueño se presentan a lo largo de la vida, inician en la etapa neonatal, la lactancia, en el preescolar y adolescencia llegando hasta la vejez. Por lo general en la práctica clínica diaria son escasamente reconocidos o minimizados y a menudo no tratados, cerca del 20 al 25 % de la población infantil presentan algún trastorno de sueño.
El sueño en el niño es totalmente diferente al del adulto, incluso entre los mismos niños, se presentan diferencias. Resulta que la arquitectura del sueño depende de la maduración cerebral. En el adulto joven el sueño se divide en dos etapas: la de no-movimientos oculares rápidos (sueño no-MOR), que a su vez se divide en cuatro fases, y sueño de movimientos oculares rápidos sueño MOR), este último denominado también sueño paradójico, debido a que se presenta actividad cerebral, que genera un incremento del metabolismo de la glucosa, además de la presencia de movimientos oculares y en esta etapa aparecen las ensoñaciones.
Especialistas del IMSS mencionan que en el recién nacido debido a su inmadurez cerebral se presenta una tercer etapa denominada “sueño indeterminado” que desaparece hacia los tres meses. En general el sueño del recién nacido se interrumpe por breves períodos, alternándose con periodos aun más breves de vigilia.
Es importante destacar la interacción de la madre, desde el nacimiento, ya que el patrón de sueño depende del vínculo materno, y del proceso de acoplamiento que viven, estando en relación con la manera en que se pone a dormir al bebé, la manera de cargarlo o de acariciarlo. También influye el desarrollo cognitivo, emocional y social de cada niño.
El temperamento, es decir las características propias de cada niño, de manera individual su comportamiento a los estímulos internos y externos con los que se enfrenta, en este sentido toma importancia la ritmicidad, es decir la capacidad para predecir funciones como el hambre, el sueño, el ciclo sueño-vigilia, el patrón de alimentación, etc.
Por lo tanto el ritmo circadiano generado por el reloj biológico así como la alimentación y más adelante por las actividades escolares, son factores importantes que influyen en el patrón de sueño de manera individual, además de las necesidades del dormir en cada etapa de desarrollo, ya que en un inicio el recién nacido duerme hasta 22 horas, y posteriormente se van reduciendo hasta que entre los cuatro y cinco años de edad se inicia el sueño monofásico nocturno. Cerca de los 10 años las etapas alcanzan las proporciones adultas normales, correspondiendo al 20% de sueño MOR y 80% de sueño no-MOR
Finalmente los especialistas afirman que las alteraciones del sueño como el despertar nocturno o las dificultades para dormirse son habituales en la edad preescolar, esto se atribuye a los problemas propios de la etapa de desarrollo que atraviesan entre los dos y tres años de edad, que está en relación directa con la ansiedad que genera la separación de los padres, en especial de la madre. Hay otras tensiones que pueden generar dificultades en el sueño, como el nacimiento de un hermano.



